Cómo está el tema
La asociación entre EE.UU. y Arabia Saudita sigue en fase de anuncio más que de ejecución, y el punto de mayor controversia continúa siendo el eje nuclear, donde Washington ha acordado permitir que Arabia Saudita opere un programa de enriquecimiento de uranio —el elemento que distingue esto de la cooperación nuclear civil convencional y la razón por la que el arreglo ha reavivado advertencias sobre una carrera armamentista nuclear en Oriente Medio—. Riad no ha descartado fabricar armas si Irán lo hace, mientras que su justificación oficial se apoya en cálculos económicos de larga data sobre la dependencia del petróleo, los déficits presupuestarios y la creciente demanda interna de electricidad. El planteamiento del hecho también cita una evaluación de inteligencia estadounidense que describe al nuevo liderazgo de Irán como más abierto a la militarización; esa afirmación no se detalla en el material fuente disponible y debe considerarse sin confirmar. Lo que sí ha cambiado es que el debate político en Washington avanza ahora en dos frentes. The New York Times informa que el presidente Donald Trump impulsa una agenda más amplia de energía nuclear de la que el acuerdo saudí forma parte, y que su familia y allegados cercanos tienen intereses comerciales superpuestos que podrían beneficiarlos, mientras que un artículo de opinión de The Wall Street Journal sostiene que el acuerdo abre la puerta al desastre. El escrutinio se ha ampliado, por tanto, del riesgo de proliferación en sí a la pregunta de quién sale beneficiado con la política, aunque nada en las fuentes indica que exista ratificación, licencia o construcción alguna.
El eje financiero sigue siendo el más concreto de los dos. El Fondo de Inversión Pública de Arabia Saudita firmó el viernes un acuerdo marco con el Banco de Exportación e Importación de EE.UU. (Eximbank) por hasta 15.000 millones de dólares, junto con acuerdos anunciados por separado de hasta 9.500 millones de dólares con dos brazos del sector privado del Banco Mundial —instrumentos ya documentados, aunque todavía no se les haya vinculado ningún desembolso o proyecto—. En conjunto, ambos hilos describen una alineación financiera y tecnológica más profunda, en la que el acuerdo nuclear aporta el marco estratégico y los arreglos del Eximbank y el Banco Mundial aportan el dinero. Un dato sigue, sin embargo, contradiciendo la narrativa simple de expansión: una cifra menor de participación accionaria estadounidense reportada para mayo sugiere que el fondo ha estado recortando sus tenencias cotizadas en EE.UU. incluso mientras amplía el financiamiento de adquisiciones y proyectos, lo que apunta a un cambio en la forma de su exposición a EE.UU. más que en su tamaño. El fondo del acuerdo nuclear, y en particular de la cláusula de enriquecimiento, solo podrá ponerse a prueba cuando surjan los detalles de implementación, y es probable que las dudas sobre conflicto de intereses ahora asociadas a él determinen cuánto margen político tendrá esa implementación.